Entre pedazos de hilos rotos y manos cubiertas de cascara, Mari me suplica que sea la última foto, posa encorvada por más que le pido que se enderece, pero es la cicatriz de los años la que la vuelve pequeña. “Salgo mal” me dice mientras se acomoda las canas detrás de la oreja; es ese día del mes donde su debate entre el negro azabache y el blanco nieve se enfrentan un domingo por la tarde. “Me hubieras avisado antes” Mari fue mi primera inspiración cuando inicie en la fotografía. Retratarla era como encontrar un puma en la oscuridad: sigiloso, inesperado, sorprendente. Con “El fonógrafo” sonando, como si no supiera si gritar o susurrar la hora y el jugo de naranja recién exprimido, mis buenos días siempre llegaban con la esperanza de que ella me hablara del clima. Y así podía poner el sol a mi favor. Finalmente, después de unos cuantos gritos a sí misma y posiblemente uno en mi nombre, Mari movía las flores, cualquier objeto que desentonara con ella y acomodaba los hombros de su chaleco una y otra vez, mientras me insistía que me diera prisa, que no dejará a la vista ninguna arruga y ninguno de sus hilos rotos.
Hace lunas que no la veo. Aparece a veces, tres golpes suaves en la puerta del pecho, como si mi costado aún recordara el idioma de las aguas. Se asoma al umbral sin decir palabra, me observa como quien mide las ruinas de un templo que alguna vez fue suyo. Pura. Lejana. Incómodamente mía. Se marcha antes del café, con la misma urgencia con la que huye de todo lo que no sabe ser. Y yo me quedo, sin forma, sin costura, buscando entre los pliegues de la voz alguna sílaba que me diga que habitarme no es un acto de guerra. Y al final termino con la sensación de que estoy más cerca de ella cuando dejo de buscarla.
If I were prettier, My hair would never dry with the breeze and my legs would be seen from a glass. My name would be written in giant and then the sky would not seem so high. Although if I were prettier, they would paint on my body and every brushstroke would hide the cracks of the sketches that still look out in front of my eyes. The six centimeters of the heel would be part of my bones and the number of my measurements would never be within any figure. We drown between waves that only rub our legs trying to leave a mark. To then implore the drought to keep our rosebush young. If I were prettier, the air of the windows would stick its judgments in form of hugs on my back. Time would pass over the color of my hair without trying to hide, but at the end it stays in the winter. Even if I were prettier, I would probably like to be someone else.